Everone
Cuentopo
Por etO
Se llamaba Everone, era de tez blanca, no pálida, de aire desdeñado, como si compartiera el gusto del instante con el viento. Jamás sonreía tan solo por sonreír, era especial en ese sentido. La conocí un tres de abril, 8:37 de la mañana, sin café encima y con ansia de empezar el día. Llego preguntándome la hora, se le notaba cierto aire de que en realidad le importaba poco el tiempo. Enfundado en una palidez mental, no carbure la pregunta. Mi cabeza y atención se situaron en analizar sus gestos, ojos, cabello, el filo de su nariz y en como sus labios actuaban en complicidad con sus dientes. Me suele pasar, que cuando mas necesito concentrarme, el lado animal de mi masa encefálica, me traiciona.
-Disculpa-, fue lo único que salio de mi boca, como para hacer tiempo y así tratar de recordar la pregunta.
Ella sonrió burlonamente, como sabiendo de su efecto en mi. Semi-cordialmente, repitió la pregunta pero ahora de otra manera.
-¿Que si me puedes dar tu tiempo?
Me toque la muñeca izquierda con la diestra y mis ojos siguieron el movimiento, mientras mi mente seguí inmerso en sus ojos sabor a miel.
Le dije –Son las ocho, las ocho con treinta y siete-.
Su respuesta fue un –Ah!-. Al huir de todos los tentáculos de mis sentidos sobre su físico, ya de espaldas me dijo, - eso no era lo que yo quería saber-, y se alejo.
Yo, me quede igual que como me encontró, pero aturdido.
Su nombre es Everone, hija de una familia clase mediera, se le ve en el porte. Tiene ese aire de confort que gozan en ese estrato social. No lleva consigo apuro alguno, es fría en su comentario, pica y se aleja. Jamás espera respuesta alguna, sus preguntas no tienen eso como finalidad; te deja el aguijón adentro y goza en silencios al saber que su suculento veneno llegara a inflamar.
La segunda vez que la vi, volvió a embestirme con otra pregunta. Esta vez me pregunto por mi nombre.
Me dijo, - ¿Tú eres el de filosofía, el que se sienta atrás, Andrés, no?-.
Curiosa manera de llegar a al cuestionamiento tiene ella.
Yo asentí, otra vez como idiota, pasmado por el peso que su belleza puso en mí.
Desarmado y con contrariadas ganas de correr huyendo o, abrazarla. De besarla para así parar su embestida. Más ninguno de los dos impulsos se consumo. Una sonrisa idiota fue todo lo que pude ofrecer a ese intercambio de esgrima, de mi parte claro, mas flácido. Ella, como acostumbraba, siguió de frente al ver mi inane sentido de confrontación.
Everone vivía en un estudio situado en el centro de la ciudad. Después supe que el lugar era mayormente su estudio donde vomitaba todas sus dotes de pintora. Este se reducía a un espacio minimalista con una pequeña camita en un rincón, un caballete, victima de vastas batallas, una cocineta para acampar y un refrigerador westinghouse de tres pies lleno de botellas de vino blanco y un seis cerveza obscura. En una de las esquinas del westinghouse se podía ver una calca del Salvation Army y una etiqueta que marcaba $24.99.
Everone vivía como lucia, sin complicaciones. Eso, después de lo físico, fue lo que me llevo a ella. Ese aire de valemadrismo hechizó a mí ser e hizo de mis previas preocupaciones una palmada de cacahuates.
Manejaba una motoneta, modelo ’73, color hueso con una raya azul celeste que surcaba por el frente de esta. La pequeña moto no corría más de 40 millas por hora, hacia un ruido muy particular, como el de una manada de abejorros en celo. Everone portaba un casco blanco que se le veía muy sensual y a la vez chistoso. En cualquier otra persona, por ejemplo en mi, resultaba ridículo y me hacia amorfo. Más en ella, era todo estético y sensual. Portaba unos lentes de mosca, abultados casi transparentes, mas bien azulados. En ellos las rayas de la calle corrían más rápido que la misma motoneta. Everone solía amarrarse los puños de los pantalones con unas ligas para evitar que la cadena del aparato se fuera a trabar con ellos. Tenis converse de gamuza que algún día fue azul claro, y calcetines al tobillo, jamás blancos.
La cuarta vez que la encontré, o más bien que me acecho, me halló más preparado. Esta vez fui yo el que rompió el orden de su pequeño cosmos, donde ella era el depredador y yo la presa.
La recibí con un – Son las tres con quince y me llamo Andrés, el de filosofía que se sienta atrás-.
Ella sonrió. Desarmada, seguí sin dejarla hablar, le hice saber con miradas mas que palabras cuanto, que tanto, me gustaba.
No la toque. Me imagine que al tocarla hubiera sido demasiado y que tal vez la hubiera acabado asustando. Después, reconsideré la estrategia, a ese ser no le asustaba nada. Lo único que pudo hacer, después de sonreír, fue estirar el cuello y tirar la cabeza atrás mientras seguía hilvanando el contraataque. Al no tener arma en mano, siguió de largo, revirando después de tres metros y entre los dos milímetros de apertura de se labios murmuro – Me gustas cabrón-.
Everone visita el supermercado cada martes, dice que para llenar el día de algo con significado. Ella piensa que el martes es el día más desahuciado de la semana, interesante perspectiva. El miércoles suele pasarlo en la biblioteca; escoge un piso y al azar elige varios libros, de los cuales elije paginas, de las cuales elige párrafos, de los cuales elige palabras y todo esto la lleva al tema para el próximo cuadro. La semana pasada, el tema fue “Horowitz, conductor judío de un taxi en Panamá”. Decidió plasmar la nariz de Horowitz, surcando en cuatro ruedas la avenida central, desembocando en el canal de Panamá.
Everone a veces duda de su realidad, y para eso suele hacer varios ejercicios mentales. En ellos encuentra recurrentemente que aun con todo y duda, prefiere vivir en esa realidad que la posible opción correcta. Yo, estoy de acuerdo.
Nunca hemos hecho el amor, no hemos coincidido en eso, como ella me dice. Everone suele masturbarse cada jueves por la mañana, antes de empezar el día; al despertar, en ese espacio entre el sueño y despertar de la conciencia. Everone galopa sobre sus dedos, aprieta fuerte sus senos y muerde el dedo índice de su mano izquierda con una lujuria que solo puede venir de sus labios mojados. Se retuerce por toda la pequeña cama y las sabanas bailan a la par de ese suculento vals donde todo como una unidad contribuye a esa monorgia.
Los viernes son de trabajo. Escribe un poco. Escupitajos de ideas sobre una libreta negra que mantienen cerca del caballete. Brinca por todo el flat, según ella que para atrapar pensamientos que ambulan por ahí, flotando. Después, dadas las 12 de la tarde, se pone a mezclar pintura y juega con descubrir colores nuevos. Un 27 de febrero de 1986, cuenta que descubrió el amarillo mas fantastico que jamás visto; lo bautizo “Copernico”. Jamás me quiso revelar la receta. Como para empujarla a revelar el secreto le dije que no le creía. Ella se siguió de largo y del closet saco un cuadro en el cual resaltaba el más fascinante amarillo que jamás he visto yo. Fue ahí que conocí a Copernico.
Tres horas más tarde, a las tres, es hora de tomar vino, queso y jamón. Como un rito, que según Everone le ayuda a concebir sus pinturas, lo realiza totalmente a solas. En ese instante se desconecta de todo y se dispone a pintar. Mientras ella pinta, yo me guardo, adentro, donde nadie me ve. Aprovecho para tomar una la siesta a sabiendas que en unas horas, me despertaran los latigazos encarnados en labios de Everone.
Sus nalgas son de una tesitura solo comparada con la piel de un durazno. Sus piernas se deslizan y mojan el piso y su pelo estalla en el espacio para competir y vencer al sol. Su voz, es ronca pero dulce, no la explota mucho, así que uno no sabe hasta que punto en realidad llega. La guarda como quien guarda un gemido. Cuando habla parece que llora, y no lo digo por el timbre, sino por el sentimiento con que evoca en cada palabra, selectiva. Como el gemido de una mujer, que desarma. Sus tetas son pequeñas, le permiten esa agilidad que ella necesita para llevar el día. Huelen a niña, saben a vino maduro, merlot quizás, fuerte de grosso cuerpo, a uva morena. Su ombligo es verdaderamente el centro de toda ella. En el se encuentran todos los puntos. En el se vive para lo único que vale la pena, aunque sea un diminuto instante.
Everone camina,
A lo lejos su silueta
se pierde con el viento,
con el vapor que exhala el pavimento.
Entre luces, asfalto, líneas
Y colores casi muertos,
Ella triunfa ciñéndose en ellos.
El sábado es especial, quizás el día mas apto para verla de frente. Ese día por la mañana,
Cuentopo
Por etO
Se llamaba Everone, era de tez blanca, no pálida, de aire desdeñado, como si compartiera el gusto del instante con el viento. Jamás sonreía tan solo por sonreír, era especial en ese sentido. La conocí un tres de abril, 8:37 de la mañana, sin café encima y con ansia de empezar el día. Llego preguntándome la hora, se le notaba cierto aire de que en realidad le importaba poco el tiempo. Enfundado en una palidez mental, no carbure la pregunta. Mi cabeza y atención se situaron en analizar sus gestos, ojos, cabello, el filo de su nariz y en como sus labios actuaban en complicidad con sus dientes. Me suele pasar, que cuando mas necesito concentrarme, el lado animal de mi masa encefálica, me traiciona.
-Disculpa-, fue lo único que salio de mi boca, como para hacer tiempo y así tratar de recordar la pregunta.
Ella sonrió burlonamente, como sabiendo de su efecto en mi. Semi-cordialmente, repitió la pregunta pero ahora de otra manera.
-¿Que si me puedes dar tu tiempo?
Me toque la muñeca izquierda con la diestra y mis ojos siguieron el movimiento, mientras mi mente seguí inmerso en sus ojos sabor a miel.
Le dije –Son las ocho, las ocho con treinta y siete-.
Su respuesta fue un –Ah!-. Al huir de todos los tentáculos de mis sentidos sobre su físico, ya de espaldas me dijo, - eso no era lo que yo quería saber-, y se alejo.
Yo, me quede igual que como me encontró, pero aturdido.
Su nombre es Everone, hija de una familia clase mediera, se le ve en el porte. Tiene ese aire de confort que gozan en ese estrato social. No lleva consigo apuro alguno, es fría en su comentario, pica y se aleja. Jamás espera respuesta alguna, sus preguntas no tienen eso como finalidad; te deja el aguijón adentro y goza en silencios al saber que su suculento veneno llegara a inflamar.
La segunda vez que la vi, volvió a embestirme con otra pregunta. Esta vez me pregunto por mi nombre.
Me dijo, - ¿Tú eres el de filosofía, el que se sienta atrás, Andrés, no?-.
Curiosa manera de llegar a al cuestionamiento tiene ella.
Yo asentí, otra vez como idiota, pasmado por el peso que su belleza puso en mí.
Desarmado y con contrariadas ganas de correr huyendo o, abrazarla. De besarla para así parar su embestida. Más ninguno de los dos impulsos se consumo. Una sonrisa idiota fue todo lo que pude ofrecer a ese intercambio de esgrima, de mi parte claro, mas flácido. Ella, como acostumbraba, siguió de frente al ver mi inane sentido de confrontación.
Everone vivía en un estudio situado en el centro de la ciudad. Después supe que el lugar era mayormente su estudio donde vomitaba todas sus dotes de pintora. Este se reducía a un espacio minimalista con una pequeña camita en un rincón, un caballete, victima de vastas batallas, una cocineta para acampar y un refrigerador westinghouse de tres pies lleno de botellas de vino blanco y un seis cerveza obscura. En una de las esquinas del westinghouse se podía ver una calca del Salvation Army y una etiqueta que marcaba $24.99.
Everone vivía como lucia, sin complicaciones. Eso, después de lo físico, fue lo que me llevo a ella. Ese aire de valemadrismo hechizó a mí ser e hizo de mis previas preocupaciones una palmada de cacahuates.
Manejaba una motoneta, modelo ’73, color hueso con una raya azul celeste que surcaba por el frente de esta. La pequeña moto no corría más de 40 millas por hora, hacia un ruido muy particular, como el de una manada de abejorros en celo. Everone portaba un casco blanco que se le veía muy sensual y a la vez chistoso. En cualquier otra persona, por ejemplo en mi, resultaba ridículo y me hacia amorfo. Más en ella, era todo estético y sensual. Portaba unos lentes de mosca, abultados casi transparentes, mas bien azulados. En ellos las rayas de la calle corrían más rápido que la misma motoneta. Everone solía amarrarse los puños de los pantalones con unas ligas para evitar que la cadena del aparato se fuera a trabar con ellos. Tenis converse de gamuza que algún día fue azul claro, y calcetines al tobillo, jamás blancos.
La cuarta vez que la encontré, o más bien que me acecho, me halló más preparado. Esta vez fui yo el que rompió el orden de su pequeño cosmos, donde ella era el depredador y yo la presa.
La recibí con un – Son las tres con quince y me llamo Andrés, el de filosofía que se sienta atrás-.
Ella sonrió. Desarmada, seguí sin dejarla hablar, le hice saber con miradas mas que palabras cuanto, que tanto, me gustaba.
No la toque. Me imagine que al tocarla hubiera sido demasiado y que tal vez la hubiera acabado asustando. Después, reconsideré la estrategia, a ese ser no le asustaba nada. Lo único que pudo hacer, después de sonreír, fue estirar el cuello y tirar la cabeza atrás mientras seguía hilvanando el contraataque. Al no tener arma en mano, siguió de largo, revirando después de tres metros y entre los dos milímetros de apertura de se labios murmuro – Me gustas cabrón-.
Everone visita el supermercado cada martes, dice que para llenar el día de algo con significado. Ella piensa que el martes es el día más desahuciado de la semana, interesante perspectiva. El miércoles suele pasarlo en la biblioteca; escoge un piso y al azar elige varios libros, de los cuales elije paginas, de las cuales elige párrafos, de los cuales elige palabras y todo esto la lleva al tema para el próximo cuadro. La semana pasada, el tema fue “Horowitz, conductor judío de un taxi en Panamá”. Decidió plasmar la nariz de Horowitz, surcando en cuatro ruedas la avenida central, desembocando en el canal de Panamá.
Everone a veces duda de su realidad, y para eso suele hacer varios ejercicios mentales. En ellos encuentra recurrentemente que aun con todo y duda, prefiere vivir en esa realidad que la posible opción correcta. Yo, estoy de acuerdo.
Nunca hemos hecho el amor, no hemos coincidido en eso, como ella me dice. Everone suele masturbarse cada jueves por la mañana, antes de empezar el día; al despertar, en ese espacio entre el sueño y despertar de la conciencia. Everone galopa sobre sus dedos, aprieta fuerte sus senos y muerde el dedo índice de su mano izquierda con una lujuria que solo puede venir de sus labios mojados. Se retuerce por toda la pequeña cama y las sabanas bailan a la par de ese suculento vals donde todo como una unidad contribuye a esa monorgia.
Los viernes son de trabajo. Escribe un poco. Escupitajos de ideas sobre una libreta negra que mantienen cerca del caballete. Brinca por todo el flat, según ella que para atrapar pensamientos que ambulan por ahí, flotando. Después, dadas las 12 de la tarde, se pone a mezclar pintura y juega con descubrir colores nuevos. Un 27 de febrero de 1986, cuenta que descubrió el amarillo mas fantastico que jamás visto; lo bautizo “Copernico”. Jamás me quiso revelar la receta. Como para empujarla a revelar el secreto le dije que no le creía. Ella se siguió de largo y del closet saco un cuadro en el cual resaltaba el más fascinante amarillo que jamás he visto yo. Fue ahí que conocí a Copernico.
Tres horas más tarde, a las tres, es hora de tomar vino, queso y jamón. Como un rito, que según Everone le ayuda a concebir sus pinturas, lo realiza totalmente a solas. En ese instante se desconecta de todo y se dispone a pintar. Mientras ella pinta, yo me guardo, adentro, donde nadie me ve. Aprovecho para tomar una la siesta a sabiendas que en unas horas, me despertaran los latigazos encarnados en labios de Everone.
Sus nalgas son de una tesitura solo comparada con la piel de un durazno. Sus piernas se deslizan y mojan el piso y su pelo estalla en el espacio para competir y vencer al sol. Su voz, es ronca pero dulce, no la explota mucho, así que uno no sabe hasta que punto en realidad llega. La guarda como quien guarda un gemido. Cuando habla parece que llora, y no lo digo por el timbre, sino por el sentimiento con que evoca en cada palabra, selectiva. Como el gemido de una mujer, que desarma. Sus tetas son pequeñas, le permiten esa agilidad que ella necesita para llevar el día. Huelen a niña, saben a vino maduro, merlot quizás, fuerte de grosso cuerpo, a uva morena. Su ombligo es verdaderamente el centro de toda ella. En el se encuentran todos los puntos. En el se vive para lo único que vale la pena, aunque sea un diminuto instante.
Everone camina,
A lo lejos su silueta
se pierde con el viento,
con el vapor que exhala el pavimento.
Entre luces, asfalto, líneas
Y colores casi muertos,
Ella triunfa ciñéndose en ellos.
El sábado es especial, quizás el día mas apto para verla de frente. Ese día por la mañana,
Ella camina recto,
Por la tarde su cuello
Se sumerge en cadencia que juega a adivinar
Coplas que le dicta el tiempo.
Por la noche,
Todo su cuerpo
Se pierde en remolinos
Fabricados por la gente
Se pierde, y yo a distancia
La sigo,
La sigo a distancia,
Siempre.
-¡Andrés!-, me grita.
Pero Andrés desaparece, y es solo Everone y su tierna y magullada mente.
Por la tarde su cuello
Se sumerge en cadencia que juega a adivinar
Coplas que le dicta el tiempo.
Por la noche,
Todo su cuerpo
Se pierde en remolinos
Fabricados por la gente
Se pierde, y yo a distancia
La sigo,
La sigo a distancia,
Siempre.
-¡Andrés!-, me grita.
Pero Andrés desaparece, y es solo Everone y su tierna y magullada mente.
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