La costra
Cuento
Héctor Ugarte
Allí estaba; viejo,
decrepito,
sórdido,
mecánico,
inútil,
hermético,
sin gracia;
envuelto en miedos.
Su color arcilla, emulaba un llano rustico y lodoso, agrietado por la vejación del tiempo. Era como el último recinto que la vida le brinda a un alma cansada. La oscuridad que albergaba éste, al hundir mi mirada en su fondo, dilucidaba rinocerontes galopando entre humo, y solo por un instante, sentí miedo.
El espejo, retándome a confrontar aquella imagen decrepita, llevo mi mirada hacia mis propios ojos. El recuerdo de infancia me acecho. Mis primos, que me llevaban años, solían encerrarme en él y esperar mi desesperación al punto del llanto. Desde adentro, la arquitectura del párvulo lugar resultaba amplia. Al principio, mientras la calma estaba todavía en mi, la línea de sus tablas resultaba un enlace entre lo real y lo que solo nadaba por la corriente de mis sentidos. Esos instantes fugaces, coloridos, escasos de sonidos claros y llenos de sombras que cascabeleaban justo ahí, en ese instante que todavía era mió.
El cansancio abrigaba mis vísceras y mi infantil joroba me empezaba a calar. Detrás de aquella obscura loza podía imaginar el revoloteo de primos; riendo, mirándose entre ellos con miradas crípticas llenas de complicidad, ojos cargados de expectativa, de terror ajeno que justo ahí, les resultaba gélidamente divertido.
El trance acabo y caí al resbalar mi mano entre recuerdos y realidad en el filo de su orilla. Mi joroba, ya rancia, volvió a sentir el frío de su fondo, y sin advertirlo a tiempo, la loza, ahora ya sin primos, golpeteo con una cachetada el lado diestro de mi cara. Después, el cerrojo confirmo la faena.
Aturdido, reí nerviosamente.
Allí estaba yo, viejo,
decrepito,
sórdido,
mecánico,
inútil,
hermético,
sin gracia;
envuelto en los mismos miedos.
Mis gritos que hubieran llenado el cuarto con humo en mis años mozos, de volvieron gemidos lentos, vergonzosos.
Hice nada. Me quede ahí, fingiendo sueño.
El sueño se volvió costra que se desmorono en el tiempo.
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